No quiero que me vean llorando los demás para que no piensen que soy débil - El Portal San Luis Potosí








No quiero que me vean llorando los demás para que no piensen que soy débil
(10:11 hrs)  14 / Junio / 17
Daniel Rangel



 

 

Cuando la gente vive situaciones complicadas, la impotencia y la incertidumbre pueden rebasar la capacidad de control humano llevándonos a responder de diferentes maneras: unos se desbordan ante los ojos de los demás, otros pareciera que han sido entrenados por monjes del Tíbet para mostrarse impasibles, como si no les afectara, aunque sí lo hace.

La alcoba es el fuerte de muchos donde, en soledad, esperan llorar a sus anchas y aliviarse de cierto modo; ahí nadie los ve ni oye, nadie se burla ni siente lástima, tampoco los señalan ni hablan de ellos.

 «No quiero que me vean llorando para que no piensen que soy débil». 

Hemos guardado esta idea, y a causa de ella muchos han desarrollado mecanismos para no inmutarse tan fácil ante el sentimentalismo; sin embargo, esa idea da lugar a pensar lo contrario. Cuando alguien usa gorra gran parte del tiempo, o lo hace en contextos donde se esperaría que no la usara, puede hacer pensar que oculta algo; se puede deducir lo más obvio: oculta su calvicie.

Ocultar algo de la vista no lo oculta de la realidad; las deducciones nos hacen suponer con gran probabilidad de acierto.

 La sensación de vulnerabilidad se manifiesta al quedar expuesto aquello que valoramos como vital y que es blanco potencial de daño, es decir, al dejar desprotegido y al alcance de los demás algo valioso con lo que puedan controlarnos, herirnos, someternos, denigrarnos. 

Al sentirnos vulnerables, podemos relacionar esta sensación inconscientemente con la idea ‘débil’, pero esta idea es una construcción, producto del aprendizaje, mas no una respuesta natural. 

La falta de control nos vuelve vulnerables y ello abre la opción de vivirse débil.

 Llorar, entonces, puede hacernos sentir vulnerables, mas no necesariamente débiles. Llorar no es de ‘niñitas’, ni de ‘maricas’, ni de ‘débiles’; llorar es de humanos, y reprimirlo no te vuelve ‘fuerte’.

La naturaleza de una pelota de hule es rebotar al chocar contra una superficie tensa. Si congelamos la pelota y la lanzamos, mínimo se despostillará, víctima de su propia inflexibilidad; pero después de unos choques más tendrá un final seguro: su desmoronamiento. 

Hacerte el ‘duro’ para que no piensen que eres ‘débil’ es soportar una gran carga psicológica al punto de ser semejante a la pelota congelada: frío, duro, inflexible, con potencial a desmoronarse con facilidad ante los golpes de la vida.

Contener el sentimiento de dolor públicamente no es malo per se, la parte mala viene cuando uno no lo externa y saca la cochinada que impide la paz de su ser en su tiempo.

La gente siempre hablará mal porque alguien hace o no hace; mejor es aliviarte siendo objeto de crítica, que reprimirte por temor a lo que piensen, sientan y digan los demás. Aboga por tu salud, cíñete a ello y vivirás mejor.

 

 




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