¿Es temor o miedo lo que siento?

Por: Fernando Espinosa Rúa

No es posible imaginar un mundo sin miedo, pero si es posible imaginar un mundo sin ansiedad, y debemos imaginarlo. Agnes Heller, filosofa.

Nuestras respuestas emocionales son sin lugar a dudas un instrumento eficaz de supervivencia y una de ellas es el temor.

Todos somos vulnerables al miedo, aunque no nos guste admitirlo. Porque socialmente no es bien visto demostrarlo, sin embargo, este es tan natural como la tristeza, la alegría, la ternura, la rabia o el desagrado. Es un estado emocional donde el cerebro se activa y nos alerta para evitarnos la pena, el ridículo, el dolor o incluso de un peligro, pero como nos avergüenza decir que tenemos miedo, lo disfrazamos con frases como: “estoy nervioso por que no encuentro trabajo”, “estoy estresada”, “qué va ser de mis hijos”, “no se si las cosas vayan a salir como yo quiero”, “mi pareja no me comprende”, entre otras.

El miedo es una reacción adaptativa que nos prepara para actuar ante un posible peligro. Cuando sentimos miedo, nuestro cuerpo reacciona produciendo una secuencia de efectos, tanto físicos como psicológicos. Algunos estudios afirman que el miedo es la emoción que más consecuencias produce en nuestro interior.

Como acto reflejo inicial, algunas personas se quedan paralizadas ante el miedo, experimentan sudoración, taquicardia. Nuestro corazón bombea más sangre, los músculos se tensan, los pulmones se encargan de dar más oxígeno al cuerpo y el estómago se cierra.

De tal forma, el sistema nervioso simpático prepara nuestro cuerpo para una huida o para un enfrentamiento físico, por tal motivo, hay personas que actúan de manera más heroica, y se debe al aumento de adrenalina en la sangre. Es cierto que, en algunos casos, el miedo nos paraliza y somos incapaces de actuar durante más tiempo. Esta respuesta es debida a que el sistema se bloquea y la respuesta psicológica impide que se gestionen bien los efectos físicos del miedo.

El miedo se encarga de la supervivencia, así de sencillo y así de complejo. Nos ayuda a decidir cuál es el límite entre lo seguro y el

peligro. Sin embargo, se actúa tanto ante un peligro real como ante uno imaginario. Si no lo sintiéramos esto no sobreviviríamos.

Por otro lado, a nivel psicológico, el miedo también produce una serie de consecuencias. El proceso mental se inicia sintiendo agobio y malestar, eso nos indica que algo no va bien. Posteriormente, como nuestro cuerpo ha activado partes del cerebro implicadas en este proceso, nos ponemos en estado de alerta y, en algunos casos, actuamos rápido y con una supuesta valentía. Esta reacción es similar al estrés, ya que enfoca nuestra atención a unos pocos estímulos y pone en funcionamiento máximo a nuestra mente.

Este estado de alerta, de prolongarse, es el causante de los trastornos del sueño, como el insomnio en las personas con fobias o ansiedad generalizada. Cuando los procesos mentales dejan de ser adaptativos, es el momento de actuar y de iniciar una terapia psicológica que tenga por objetivo relajar nuestros miedos y calmar la mente.

En el extremo, el miedo puede convertirse en un estado permanente, en una inquietud enfermiza duradera e intensa, en una angustia que te bloquea, como consecuencia, con cada episodio de crisis, aumentas aun más tus niveles de ansiedad, de sudoración y experimentas taquicardia, disminuyes tu concentración y la memoria te traiciona.

Por ello, es importante considerar que, si el peligro es real, entonces tu respuesta ha sido útil, dándote la opción de que huyas y te salves. Sin embargo, hay veces que el miedo se hace “irracional” porque genera invenciones o creaciones de nuestra imaginación o ignorancia.

A este respecto, Sigmund Freud señalo dos tipos de miedos, el real y el neurótico. El primero es cuando el peligro es “evidente”, cuando en la persona esta en riesgo su integridad. (un auto nos va a atropellar, nos resbalamos en un precipicio, alguien nos apunta con un arma). El otro es cuando no hay un peligro que pueda suponer una amenaza para la vida, pero que se siente ante algo que no existe. Se dice que es un temor que nace de nuestra imaginación pero que siempre se traduce en sensaciones y sentimientos que llegan impedir tomar acciones concretas y pensadas.

Una gran mayoría de nuestros miedos son infundados y están condicionados por nuestra cultura, tanto por las personas que están a nuestro alrededor inmediato, como la familia, como la sociedad en general. La madre que tiene miedo a las arañas, aterroriza a sus hijos, porque en realidad nadie nace con miedo, ya que este se forma a raíz de la educación que vamos recibiendo.

Es un hecho que los padres no lo hacen con intención de infundir miedos, debilidad o emociones negativas en sus hijos, pues no están plenamente conscientes del efecto. El problema surge cuando no se nos motiva para que lo dejemos a un lado y ello nos impone una limitante.

Si son ofuscadas nuestras relaciones sociales, si nuestro ambiente está afectado por inseguridad y si el individuo se sienta amenazado por las fuerzas sociales que funcionan independientemente de su selección y decisión, más frecuente y generalizada se presenta la ansiedad, porque entonces mayor es el número de estímulos que pueden resultar peligrosos y pueden provocar en nosotros dicho sentimiento. Así pues, la ansiedad es una variedad del miedo.

Se dice que la ansiedad es un miedo a la nada, o sin objeto alguno, pero en realidad es un miedo a todo, y esto puede ser comprensible ya que todo el mundo se encuentra ansioso con un entorno completamente desconocido, porque no comprende, no sabe, qué es peligroso y qué no lo es.

De esta ansiedad se generan una gran variedad de miedos, como al fracaso; los celos; a uno mismo; a la soledad; hablar en público; a la obscuridad; al compromiso; a perder nuestro trabajo; a perder a nuestros seres queridos y a muchos más.

El miedo a sufrir es en definitiva el mayor mecanismo de protección que se pone en marcha frente al miedo a morir. Incluso nos da miedo amar, porque se piensa que al hacerlo vamos a sufrir.

El miedo puede ser también una forma de control, pues lo disfrazamos como una excusa para proteger y cuidar, como al hijo para que no le suceda nada, para esto, se usan ideas repetidas como “ten cuidado”, “no hagas esto porque podría sucederte aquello”, aquí, más que

proteger de forma efectiva, se van creando sensaciones de inseguridad, que derivan luego en miedos irracionales y codependencias.

También, nuestra ignorancia hacia ciertos temas nos genera miedos, como no saber cómo cuidar una herida o enfermedad, y estar aterrados ante nuestra muerte, con pensamientos como que si nos van a comer los gusanos, que si nos entierran vivos, entre otras, y muchas veces tiene que ver con la escaza o excesiva información que se obtenga.

Asimismo, el miedo está vertido en todas las instituciones: Familia, Sistema Educativo, Estado y Religión, estas dos últimas funcionan y sobreviven gracias al temor que infunden. Se nos enseña a tener “respeto” a nuestros superiores, y éste es sólo otra manera de nombrar al miedo.

Todo miedo neurótico es como un fantasma que vive en la mente y es alimentado y crece con los pensamientos, cuanto mas se piensa mas miedo se experimenta y al hacerlo quedamos plenamente desarmados, inoperantes.

Al final de cuentas, debemos tener en mente que el miedo no permite que amemos y que disfrutemos de la vida, lo que se reduce a que no tememos tanto a la muerte como a la vida misma y los retos que nos presenta.

El Portal Una Nueva Era

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