Por: Fernando Espinosa Rúa
“El orgullo va delante de la destrucción y la arrogancia antes de la caída”, “las personas orgullosas se engendran tristezas”, “el orgullo debe morir en ti o nada del cielo puede vivir en ti”, “el orgullo desmedido puede aislarte de quienes más te importan”.
Al orgullo se le ha visto como un defecto repudiable, como si fuera el opuesto a la sencillez, “esa persona es muy orgullosa”, ante esto, puede tener una connotación “positiva” o “negativa” en función del contexto y del sentimiento que se pretende representar, o incluso, la manera en la que se lee, se interpreta.
Es un término despectivo cuando se refiere a un sentimiento excesivo de satisfacción que una persona tiene de sí mismo, de acuerdo con sus características, cualidades y acciones. La cuestión se torna más interesante cuando nos damos cuenta que tales circunstancias pueden ser más bien imaginarias; o bien, siendo reales no vienen a caso, están fuera de lugar, o se sacan de contexto, se oculta una parte de la historia, se distorsiona la perspectiva y se pasa por encima de la mesura, la discreción y la nobleza.
De esta forma, una persona orgullosa muestra soberbia, altivez, vanidad, arrogancia, e incluso puede mostrar un desprecio y violencia hacia otras personas. En este caso, el antónimo del orgullo es la humildad. Las manifestaciones del orgullo son típicas como la rebeldía, el autoritarismo, la arbitrariedad, la envidia, la crítica, el malhumor, el enfado, la arrogancia, etc.
Se dice que quien es soberbio tiene mucha autoestima, se engrandece hasta el endiosamiento. Busca la atención, el honor y la adulación hasta la altanería y la petulancia. Pero, pues quién sabe, es más probable que se trate de una persona insegura que más bien anda buscando validación por todos lados. Pretende saber más que los demás, aunque no sea verdad, incluso puede tratarse de una persona muy ignorante y limitada de inteligencia al suponer que quienes lo rodean no tienen acceso al conocimiento o a la experiencia para poner las cosas en su justa dimensión, por lo mismo no es raro que caigan en el ridículo, aunque la verdad tampoco es algo que le quite el sueño a nadie.
El petulante no distingue sus defectos y trata de desconocer o invalidar el mérito de otros, expresa su desprecio y desdén con acciones viles, deplorables y humillantes contra quienes cree “inferiores” a él. Al final trata de imponer su superioridad hablando más fuerte y por más tiempo, dando detalles que no son de interés, volteando a otro lado cuando a otros les toca intervenir, o bien recurren al sarcasmo y la burla.
Los “influencers” son un ejemplo muy extremo, su poder expresivo se centra en el manoteo, la gesticulación y en vociferar, en ocupar todo el mayor espacio posible, con muy poca información que explique y sea reveladora, que implique reflexión y que honre a la inteligencia de su público. No obstante, también, ahora que todo tiene un
precio, usted puede comprar un Doctorado Honoris Causa, por unos 20 mil pesitos y hacerlo valer con bastante arrogancia. Se deposita una fe ciega en la inteligencia artificial, aunque el algoritmo nos traiga una y mil veces la misma información y la misma fuente, que a veces está sesgada o no está verificada, pero puede más la holgazanería y la pedantería. Mientras que todo eso pasa, se desprecian los saberes ancestrales y a la gente que no tuvo de otra que aprender por sí misma o en modalidades no convencionales y que no pudo acceder a un certificado, pero que llegan a tener visión más aguda y crítica de lo que pasa a su alrededor.
El orgullo puede ser un impulso para conseguir lo que queremos y para gozar de lo que somos, cuando nos ha costado esfuerzo legítimo y sabemos que es resultado de nuestro talento, asimismo, cuando la comunidad y gente debidamente autorizada nos reconoce y felicita por nuestros logros.
Pero cuando esta percepción y sentir se excede, ya no se disfruta porque uno no es capaz de compartir, ni de reconocerse humano, con errores, para después remediarlos. También puede llevar a desconocer el apoyo que nos dieron para tener éxito, incluso puede llevar a apropiarse el trabajo de otros. Aun más, puede llevar a vivir de glorias pasadas y como quien dice, dormirnos en nuestros laureles, como les pasó a muchos niños actores que ya de grandes a nadie interesan.
La sencillez o simpleza parte de valorar lo cotidiano, las cosas comunes, por su parte la humildad proviene de la palabra Humus (tierra), y consiste en considerar y valorar las propias limitaciones y fortalezas. El orgullo y la sencillez no se oponen, y la humildad no tiene que ver con la sumisión, se puede estar orgulloso y cultivar la simpleza y la afirmación vital.
La sencillez radica en la valoración positiva de las cosas que hacen a la condición humana y a los placeres simples.
Ahora bien, el antídoto de la soberbia no es solamente la humildad, también es un espacio social donde el interés genuino por cosas diferentes y elevadas es visto como una ganancia para todos, hace la vida más rica y más abierta. Cobra importancia lo que significamos como parte de la comunidad, en un diálogo entre iguales.
Tan es así que, cuanto más frágil es una comunidad, más necesidad tiene de censurar los caracteres fuertes. Y durante siglos se ha cultivado la idea de que entre todos los defectos de los caracteres fuertes, el más peligroso es la soberbia. Las calles están llenas de ciudadanos comprometidos con el deber cívico de advertirte cuando sufres de un exceso de carácter. Es por eso que se considera uno de los pecados capitales.
Cuando alguien intenta en vano justificarse, insistir en su absurdo, dice “es que tengo el carácter fuerte”, y más bien hay que decirle, que no, no tiene carácter fuerte, sino que tiene un carácter problemático.
Una especie de “orgullo sano” consiste en estar contento por ser consciente de uno mismo e irradiar conformidad por ello. Se expresa cuando estamos seguros y firmes. Esto no indica que debamos ser altivos ni descalificadores con otras personas sino expresar un contento por un logro o por ser quien se es. Estoy orgulloso por haber hecho tal cosa, “me siento orgulloso de mi mismo”.
“El hambre me tira, pero el orgullo me levanta”, esta expresión significa que a pesar de las carencias o dificultades que podrían hacerte caer, tu orgullo o autoestima te impulsa para salir adelante, impidiendo que te des por vencido.
Cuando el orgullo se refiere a la dignidad de una persona, o a la estima apropiada de sí mismo, o al sentimiento positivo hacia otra persona, es un sentimiento de satisfacción hacia algo propio o cercano a uno que se considera meritorio.
Qué bonito es poder decir algo así como que “el hasta ayer director se despidió en un sencillo acto en el que expresó su orgullo por haber presidido el hospital”, la sencillez le da un extra a algo que quedará en la memoria de una comunidad.
Otra connotación común es cuando se dice que el orgullo de una persona está herido cuando alguien experimenta algún tipo de fracaso o es humillado y quizá esto nos lleve al tema del honor, pero esa es otra historia.
Por lo pronto, pasemos a comentar que el orgullo también puede entenderse como la autoafirmación y reivindicación de lo que uno es y del grupo o colectivo al que se pertenece, en este sentido, se puede hablar de Orgullo Nacional, Orgullo Racial, Orgullo LGBT (de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales).
La contraparte es la soberbia o arrogancia, que radica en creerse superior a otros seres humanos y actuar como si fuera así, humillando, burlándose de otros, teniendo exceso de estimación hacia uno mismo y hacia los propios méritos, por los cuales la persona se cree superior a los demás.
Sin embargo, sentir que uno es importante no indica que otros no lo sean, y de hecho sí lo son, todos los somos.
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