El equipo dominador de la era reciente atraviesa dudas técnicas, estratégicas y de rendimiento que reabren el debate sobre su caída más preocupante en mucho tiempo.
Red Bull ha empezado la nueva era de la Fórmula 1 con el pie izquierdo. Con el cambio de reglamento y el abandono de Honda, con quien ha firmado una era gloriosa en el automovilismo, se ha visto obligado a tener que suministrarse su propio motor (Red Bull Ford). Con estas tres primeras carreras disputadas, el diagnóstico de la escudería austriaca no es alentador. Los múltiples problemas de chasis, sobrepeso y fiabilidad, han llevado a sus pilotos al límite, hasta tal punto de que el tetracampeón del mundo piense seriamente en su retirada a final de año.
Acostumbrado a marcar la pauta en la Fórmula 1 moderna, Red Bull vive un inicio de temporada inesperadamente irregular. Lejos de la superioridad aplastante que definió campañas recientes, el equipo austriaco se enfrenta ahora a un escenario mucho más competitivo… y exigente. Las dudas empiezan a acumularse y la pregunta ya no es descabellada: ¿Estamos ante el Red Bull más débil de los últimos diez años?
Un monoplaza que ya no marca la diferencia
Lo que durante años fue la mayor fortaleza de Red Bull (su capacidad para diseñar el coche referencia de la parrilla), hoy se ha convertido en una incógnita. El RB de esta temporada ha dejado de ser ese coche imbatible en curva y eficiente en recta. Problemas de equilibrio,de sobrepeso, degradación de neumáticos y falta de consistencia han hecho que rivales directos recorten distancias e incluso les superen con claridad en varios circuitos. Y no solo eso, a día de hoy, ha pasado de pelear contra los equipos grandes por el mundial de constructores, a pelear por liderar la zona media, que a día de hoy lidera Alpine.
Red Bull ha pasado de gestionar carreras desde la pole a pelear por podios. La diferencia es abismal. Estrategias más reactivas que proactivas, errores en momentos clave y una menor capacidad de adaptación a distintos trazados reflejan un equipo que ya no impone el ritmo, sino que intenta seguirlo.
Los datos así lo evidencian, en los tres grandes premios disputados, ningún piloto de Red Bull se ha subido a un podio, algo que no ocurría desde el año pasado, cuando su Red Bull empezó a flaquear antes de resurgir. Sin embargo, este hecho aislado en un tramo ‘malo’ de la temporada no se veía desde 2019, donde Verstappen quedó cuarto en Bahréin, Bakú y China. En esta temporada ha conseguido un abandono en China, un octavo puesto en Japón y un sexto en Australia, aunque lo más alarmante es la falta de ritmo, pues le es imposible rodar en cabeza de carrera, muy lejos de los Mercedes. En el último Gran Premio de Japón acabó a 32 segundos del líder Antonelli. Lo más triste para él y el punto de inflexión fue cuando Lindblad, rookie del año, corriendo para el ‘hermano menor’ de Red Bull le consiguió eliminar en Q2.
Señales de desgaste en la estructura
Más allá del rendimiento puro del monoplaza, en Red Bull empiezan a percibirse grietas en una estructura que durante años fue sinónimo de estabilidad y precisión. Las salidas de figuras clave en el área técnica y los reajustes internos han alterado un equilibrio que parecía inquebrantable. Ya no se aprecia esa sincronía perfecta entre fábrica, estrategia y pista que convertía cada fin de semana en un ejercicio de control absoluto.
A esto se suma una creciente presión mediática y competitiva que está poniendo a prueba la gestión del equipo. Las decisiones estratégicas, antes casi incuestionables, ahora generan dudas, y la reacción ante imprevistos no siempre es tan contundente como en el pasado. Incluso en la comunicación interna y externa se detecta un tono menos seguro, más reactivo.
El resultado es un Red Bull más vulnerable en lo psicológico y organizativo, donde pequeños fallos tienen un impacto mayor del habitual. En un entorno tan exigente como la Fórmula 1, perder esa sensación de bloque sólido puede ser tan determinante como unas décimas en el cronómetro.
¿Crisis puntual o cambio de ciclo?
En el corto plazo, el equipo confía en introducir mejoras que corrijan los problemas de equilibrio y rendimiento del monoplaza. Sin embargo, el margen de reacción ya no es tan amplio como en temporadas anteriores. Cada actualización necesita ser efectiva desde el primer momento, y cualquier paso en falso puede consolidar la pérdida de terreno frente a sus rivales.
A medio y largo plazo, también entra en juego la estabilidad del proyecto. Cambios reglamentarios, nuevas estructuras técnicas y la presión de una parrilla cada vez más igualada pueden acelerar el fin de una era. Lo que antes era una hegemonía clara ahora se enfrenta a un escenario mucho más abierto, donde varios equipos tienen capacidad real de disputar victorias.
Por eso, más que una simple mala racha, este momento puede ser un punto de inflexión. Si Red Bull logra reaccionar, reforzará su condición de equipo dominante. Pero si las dudas persisten, 2026 podría recordarse como el año en que dejaron de ser la referencia indiscutible de la Fórmula 1.
Con información de Marca.
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