Craig Venter (1946-2026): el científico que secuenció el genoma humano

El genetista que compitió con los gobiernos del mundo por leer el ADN humano ha muerto a los 79 años. ¿Qué legado deja en la biología moderna?

Pocos científicos del siglo XX han generado tanta controversia, tanta admiración y tanto impacto real sobre la biología moderna. J. Craig Venter no era un científico que esperase el turno. Construía lo que necesitaba y luego preguntaba si había permiso para haberlo hecho.

Por desgracia, Venter nos ha dejado este 29 de abril de 2026 en San Diego tras una breve hospitalización por complicaciones derivadas de un cáncer diagnosticado recientemente. El J. Craig Venter Institute (JCVI), la institución sin ánimo de lucro que él mismo fundó y que todavía dirigía, confirmaba el fallecimiento pocas horas después. Tenía 79 años. De los NIH a la carrera privada por el genoma, su figura ha supuesto un antes y un después en la ciencia mundial. 

Antes de convertirse en el hombre que compitió con los gobiernos del mundo por leer el ADN humano, Venter trabajó en los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos. Allí desarrolló las llamadas etiquetas de secuencias expresadas, o EST por sus siglas en inglés, un método para identificar genes activos con rapidez y a escala. El enfoque era radicalmente práctico: en lugar de cartografiar el genoma entero de forma sistemática y lenta, las EST permitían localizar los genes que el organismo estaba usando de verdad. El método aceleró la identificación de miles de genes humanos y prefiguró la forma de trabajar que Venter aplicaría durante el resto de su carrera.

En 1992 fundó el Instituto para la Investigación Genómica (TIGR) y en 1995 publicó, en colaboración con Hamilton Smith, la primera secuenciación completa del genoma de un organismo de vida libre: la bacteria Haemophilus influenzae. No era el genoma humano, pero fue el primer mapa genético completo de cualquier ser vivo y demostró que la secuenciación masiva era técnicamente viable. Ese hito abrió la puerta a todo lo que vendría después.

La carrera que cambió la biología

En 1998, Venter fundó Celera Genomics y anunció algo que al consorcio público internacional del Proyecto Genoma Humano le resultó, a partes iguales, un reto y un insulto: terminaría la secuenciación del genoma humano antes que ellos, con menos dinero y usando una técnica distinta.

“Craig creía que la ciencia avanza cuando las personas están dispuestas a pensar de forma diferente, actuar con decisión y construir lo que aún no existe” .

Anders Dale, presidente del JCVI

La diferencia técnica era real. El consorcio público, liderado por Francis Collins desde los NIH, empleaba un enfoque metódico y colaborativo: fragmentar el genoma en piezas grandes, cartografiar su posición y secuenciar ordenadamente. Venter apostó por la secuenciación shotgun del genoma completo: fragmentar el ADN en miles de trozos pequeños, secuenciarlos todos a la vez y reconstruirlos mediante algoritmos. Era más rápido, más barato y, según sus críticos, más arriesgado. El resultado llegó el 26 de junio del año 2000, cuando Venter y Collins se situaron junto al presidente Clinton en la Casa Blanca para anunciar conjuntamente el primer borrador del genoma humano.

Conviene ser precisos: aquel anuncio fue un borrador, no una secuencia definitiva completa. La publicación en Science y Nature llegó en 2001 y aún tardaron años en cerrarse las últimas lagunas del mapa. Pero la dirección era inequívoca: la genómica había pasado de ser un proyecto académico generacional a una carrera en la que la velocidad y la informática importaban tanto como la biología. Por este trabajo, Venter recibió en 2001 el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica junto a Collins, John Sulston, Hamilton Smith y Jean Weissenbach.

El momento en que la biología cruzó una línea

Si el genoma humano fue el hito que llevó a Venter a los titulares, el experimento de 2010 fue el que lo colocó en una categoría diferente. En mayo de ese año, el equipo del JCVI publicó en Science que había construido el genoma sintético de la bacteria Mycoplasma mycoides íntegramente en el laboratorio, a partir de componentes químicos básicos, y lo había insertado en una célula de Mycoplasma capricolum previamente vaciada de su propio material genético.

Ilustración científica de la célula sintética mínima JCVI-syn3A en proceso de división celular.
Ilustración científica de la célula sintética mínima JCVI-syn3A en proceso de división celular.

La célula receptora, una vez controlada por el genoma sintético, dejó de producir las proteínas de su especie original y empezó a comportarse como Mycoplasma mycoides. Se dividió. Se reprodujo. Funcionó.

La bacteria huésped expresaba únicamente las proteínas del genoma diseñado en un ordenador. Era, funcionalmente, una especie diferente.

Es importante señalar lo que ese experimento era y lo que no era. La célula huésped era biológica, no sintética. No se creó vida de la nada. Lo que Venter demostró era algo más preciso y, para la biología, igual de perturbador: que un genoma podía diseñarse digitalmente, ensamblarse químicamente y activarse para tomar el control de una célula viva. La biología sintética dejó de ser una disciplina especulativa para convertirse en una con prueba de concepto funcional.

El océano como laboratorio

Entre el genoma humano y la célula sintética, Venter protagonizó otro capítulo menos conocido pero igualmente relevante. Entre 2003 y 2010, su yate de investigación Sorcerer II navegó por los océanos del mundo recogiendo muestras de agua para someterlas a análisis metagenómico, es decir, para secuenciar todo el material genético presente en esas muestras sin necesidad de aislar ni cultivar los microorganismos que lo portaban.

El resultado fue el hallazgo de millones de genes nuevos y la ampliación sustancial del universo conocido de familias de proteínas. La expedición demostró que la diversidad microbiana del planeta estaba enormemente subestimada y que la metagenómica podía convertirse en una herramienta para explorar la vida en cualquier entorno, desde el fondo del océano hasta el intestino humano.

Lo que los datos dejan y lo que no resuelven

La figura de Venter fue siempre controvertida. Su estilo competitivo y su disposición a mercantilizar el conocimiento genético generaron tensiones profundas con el consorcio público del HGP. Fue despedido de Celera Genomics en 2002, en parte por oponerse a un cambio estratégico que pretendía vender acceso restringido a los datos del genoma. Sus empresas posteriores, como Synthetic Genomics o Human Longevity, tuvieron resultados desiguales en su traducción comercial.

“Ha muerto uno de los científicos más influyentes, vehementes, agresivos y ambiciosos de nuestra época”.

Lluís Montoliu, investigador del CSIC

Lo que sí es sólido es la magnitud del cambio que dejó a su paso. La secuenciación del genoma humano que él aceleró es hoy la base de la medicina de precisión, el diagnóstico genético y el desarrollo de fármacos dirigidos. La biología sintética que él demostró viable en 2010 es ahora un campo con aplicaciones en vacunas, biocombustibles y tratamientos contra el cáncer. La metagenómica oceánica que impulsó con la Sorcerer II sigue generando descubrimientos sobre la diversidad microbiana del planeta.

Anders Dale, presidente del JCVI, lo resumió en el comunicado de su muerte: “Craig creía que la ciencia avanza cuando las personas están dispuestas a pensar de forma diferente, a actuar con decisión y a construir lo que aún no existe”. La pregunta que queda abierta no es si sus métodos eran siempre los más elegantes. Es cuánto tardaríamos sin ellos en estar donde estamos.

Con información de Muy Interesante México.

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