Por: Fernando Espinosa Rúa
Todos hemos experimentado en algún momento el sentimiento de soledad. Por muy autónomos e independientes que seamos, las relaciones interpersonales nos aportan seguridad y bienestar, dos aspectos que son esenciales para mantener nuestro equilibrio psicológico como seres sociales. Es más, si dichas relaciones son sanas, nos preparan para gobernarnos por nosotros mismos, tener iniciativa y decisiones propias, asimismo, para seguir construyendo lazos significativos con otras personas y crecer juntos.
Por lo mismo, cuando por una razón u otra comenzamos a aislarnos, la soledad puede terminar pasándonos factura. La soledad implica aislamiento o confinamiento, falta de contacto con otras personas, es la carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
Sentirse solo es algo común, pero se resiente cuando perdemos algo o a alguien, en la adversidad, cuando una ilusión se rompe o, cuando un aliciente no logra lo anhelado; esta melancolía es más llevadera si estamos acompañados.
Hay diferentes tipos de soledad y sus orígenes son diversos.
Si somos excluidos o segregados en razón de apariencia, identidad, hábitos y costumbres, no es algo que nos busquemos, no siempre sabemos por qué sucede y no por eso dejaremos de ser lo que somos, pero es claro que, a quien es aislado de esta manera se le impide tener alguien que le reconforte en sus aflicciones.
También, la soledad puede llegar intempestivamente, hiere la muerte del cónyuge o un hijo, es una experiencia repentina que además lleva a evitar el contacto social. Alargar de más este recogimiento perjudica nuestro cerebro y alma.
Otras personas no valoran el contacto con ellas mismas y creen que estar solas es lo peor y buscan en vano llenar su carencia con algo o alguien. La sensación de abandono les expone a violencias y decisiones precipitadas como casarse y tener hijos, sus conexiones afectivas, de cuidados y apoyo mutuo fracasan.
En casos así la soledad provoca una sensación insoportable de vacío interno.
En cambio, y sobre todo en contextos urbanos modernos, se observan tendencias demográficas y sociales y estilos de vida impulsados por personas que eligen estar, vivir y permanecer solas, pero no llegan a ese punto por el mismo camino.
Para empezar, ha proliferado un perfil de independencia exacerbada y unilateral que esconde rechazo a la intimidad, emociones reprimidas, huida sistemática al compromiso y a vínculos indeseables por no ser incondicionales o manipulables, asimismo incapacidad emocional para negociar y solucionar posibles conflictos.
Este tipo de personas computan por default costos y beneficios de estar solos, optimizan recursos disponibles y desvalorizan la compañía humana y los afectos. Un truene les significa ahorro de tiempo y dinero antes que un duelo amoroso y un final prematuro y conveniente antes que los lazos se vuelvan mas serios.
Los personajes escurridizos y narcisistas han existido siempre, ahora la chaviza llama “gosthing” a la práctica de desaparecer súbitamente de la vida de los demás, sin embargo, este no es el caso de los delincuentes por abandono de familias ya formadas. A su vez, hay cada vez más quienes prefieren vivir con un “perrijo” o “gatijo”, o con un “roomie” que al mes siguiente puede ya no estar y no pasa nada.
Se alienta que el apego a cosas y “experiencias” suplante la compañía de las personas. La boyante economía de la soledad provee servicios de lavado y planchado, reparto de comida a domicilio, plataformas de entretenimiento, redes sociales, videojuegos, inteligencia artificial y aplicaciones de citas. Este consumismo pretende llenar vacíos y convencer que ya nadie necesita de la voluntad espontánea y libre de nadie para estar y apoyar, todo se puede comprar.
Otra situación es la de cada vez más parejas que deciden no tener hijos, o cuyos hijos crecen y se van. Incluso hay hogares con un solo integrante, que optó desde siempre por la soltería, personas divorciadas o viudas que no quieren volver a formar pareja, o si lo hacen, deciden vivir cada quien en su propia casa.
El hecho de que estas personas cohabiten menos no quiere decir necesariamente que estén solas o aisladas. En buena parte son individuos en toda la extensión de la palabra que desarrollaron una existencia armónica y balanceada, conservan su autonomía, cultivan una inmediación social de calidad y enriquecedora, y ganas auténticas, consensuadas y recíprocas de compenetrarse con otras personas.
No se trata de un don o casualidad, desde su infancia su historia de vida los llevó a ser autosuficientes y mesurados, capaces para adaptarse, elegir razonadamente y cuidar lo escaso. No había de otra cuando ambos padres tenían que ir a trabajar, quedó en segundo término la necesidad de validación permanente.
Entonces, la soledad como tal no es mala, para concentrarnos pedimos que nos dejen solos, esos periodos de paz y quietud son sanos, disfrutables e imprescindibles para el avance espiritual e intelectual.
En cambio, daña la soledad interior, centrarnos en los reclamos de nuestro ego “nadie me acompaña”, “nadie me escucha”, “nadie me quiere”, “nadie me ayuda”, “nadie me sonríe”. Esta frustración sólo se supera cuando trasladamos el centro de nuestra existencia del “yo” al “nosotros”, cuando nos reintegramos con el todo.
La soledad nociva es un estado mental y emocional, como la depresión, ansiedad o miedo, vinculada a sentimientos de incomprensión, tristeza e inseguridad.
Si percibimos que en nuestro entorno somos incomprendidos y nadie comparte nuestros valores y preferencias, podemos sentirnos solos, desamparados e indefensos. No tener apoyo social merma la autoestima y desmotiva nuevas actividades que nos ayudarían a conocer otras personas con quien identificarnos.
Junto con las consecuencias psicológicas, el sentimiento de soledad también se ha vinculado científicamente al debilitamiento del sistema inmunológico. Un estudio realizado en la Universidad de Ohio demostró que las personas solas producen una mayor cantidad de proteínas causantes de inflamación detonantes de enfermedades como la diabetes, la artritis y el Alzheimer.
Otros protocolos científicos han demostrado que no contar con apoyo social aumenta de manera significativa la mortalidad ante diferentes enfermedades. También, se conoce que quienes cuentan con personas que les apoyen, se recuperan más rápido de intervenciones quirúrgicas y determinadas patologías.
El ser humano es social por naturaleza, necesita el contacto y la relación con otras personas. Vernos a los ojos o escuchar nuestro nombre cambia la manera como el cerebro vive. Por más complicada que sea la vida, la compañía de otro ser humano siempre ayuda en este viaje de lo cotidiano. Estar acompañado ayuda.
Por eso, es importante cambiar el significado que le damos a la soledad, además de disfrutarse, nos permite tener más tiempo para nosotros, la oportunidad para redescubrirnos y un espacio para replantear los objetivos que tenemos en la vida.
Necesitamos aprender a comunicarnos con nuestro Yo interior, con toda apertura y honestidad. Estando solos, aprovechemos la oportunidad de conectarnos con nuestros sentimientos, aprender del pasado, ordenar nuestra mente y aclarar qué queremos y para qué. Apreciar y escuchar los maravillosos mensajes que surgen de esto fortalece la autoestima, enriquece el futuro y hace comprender que no dependemos emocionalmente de los demás para sentirnos bien.
Es vital invertir una parte del tiempo a relacionarse con las personas. A menudo la gente solitaria es tímida y no sabe cómo acercarse a los demás. Una excelente estrategia es tomar cursos o realizar en actividades recreativas, para conocer gente que comparta gustos e intereses.
Cuando te invada el sentimiento de soledad, cambia tu foco de atención, mira a tu alrededor percibe y procura el bien de los demás. Comenzarás a sentirte un ser profundamente social, un ser humano en sentido pleno, que nunca está solo.
No obstante, si te sientes deprimido, o solo porque alguien te dañó, te recomiendo que consultes a un psicólogo. La depresión causada por la soledad es un problema que tiene solución, no tienes por qué continuar arrastrando esa pesada carga.






Muy interesante tu opinión, en momentos de soledad, de trsiteza, es importante saber que hay siempre salida, que ¡mañana será, otro día, o aquel que dijo “dale a cada dia su afan…”, saludos.