Durante más de cuatro milenios, la Gran Pirámide de Giza ha desafiado no solo al tiempo, sino también a la lógica. ¿Cómo fue posible que, en menos de 20 años, los antiguos egipcios erigieran una estructura de más de 140 metros de altura utilizando más de dos millones de bloques de piedra, algunos de hasta 60 toneladas?
La pregunta ha generado ríos de tinta, debates interminables y todo tipo de teorías, desde las más rigurosas hasta las más fantasiosas. Pero ahora, un nuevo estudio publicado en la revista científica npj Heritage Science reescribe por completo el relato tradicional. Su autor, el científico Simon Andreas Scheuring, ha propuesto una idea audaz: la pirámide no se construyó desde fuera hacia arriba, sino desde dentro hacia afuera, utilizando un ingenioso sistema interno de contrapesos y poleas que aprovechan la propia arquitectura del monumento.
¿Una máquina gigante en forma de pirámide?
La hipótesis convencional afirma que la Gran Pirámide fue construida capa a capa, con ayuda de rampas externas sobre las que se arrastraban los bloques. Sin embargo, hay un problema evidente: para lograr levantar un bloque cada minuto durante 20 años —el tiempo estimado que duró la obra— haría falta una logística sobrehumana. Además, las rampas, para ser funcionales, tendrían que haber sido tan largas como inverosímiles, superando el kilómetro y medio de longitud. No queda rastro alguno de semejantes estructuras.
La nueva propuesta no descarta la fuerza bruta, pero la canaliza de una manera distinta. Scheuring plantea que los egipcios diseñaron una red de rampas internas en ángulo, combinadas con sistemas de poleas y contrapesos que se apoyaban en la gravedad para mover los bloques hacia arriba. En lugar de empujar desde fuera, los bloques eran literalmente levantados desde dentro.

El corazón mecánico de la pirámide
Según el estudio, dos de los corredores más conocidos del interior de la pirámide —la Gran Galería y el Pasaje Ascendente— habrían funcionado como rampas inclinadas por donde se deslizaban contrapesos. Estos pesados bloques de piedra bajaban por los pasajes a una inclinación de unos 26,5 grados, generando una fuerza suficiente para elevar otros bloques por medio de un sistema de poleas instalado en la Antecámara.
Este último espacio, situado justo antes de la Cámara del Rey, es clave en la teoría. Tradicionalmente se pensaba que era una sala de seguridad diseñada para bloquear el paso a posibles saqueadores, mediante un sistema de portones. Pero su arquitectura no encaja con esa función. En cambio, el nuevo modelo la describe como el verdadero centro operativo: una estación de poleas por la que pasaban gruesas cuerdas, enrolladas sobre vigas de madera, que permitían izar las piedras desde los niveles inferiores.
Los rastros visibles hoy en la estructura —ranuras en las paredes de granito, superficies pulidas, marcas de desgaste— encajan mejor con una interpretación funcional que ceremonial. Todo apunta a que este espacio, lejos de ser simbólico o decorativo, formaba parte de una maquinaria interna ideada para levantar bloques con una precisión milimétrica.
Reinterpretar los enigmas del diseño
El modelo también arroja luz sobre otras rarezas arquitectónicas que siempre han intrigado a los egiptólogos. Por ejemplo, la disposición asimétrica de las cámaras internas. Si la pirámide hubiera sido construida desde fuera con rampas, los arquitectos podrían haber situado las salas de forma simétrica. Pero no lo hicieron. La Cámara del Rey está desplazada hacia el sur, la de la Reina no está centrada en el eje este-oeste, y los corredores parecen alinearse con una lógica más mecánica que simbólica.
Esto, según Scheuring, no es casualidad. Los constructores habrían adaptado el diseño de la pirámide a las exigencias del sistema de elevación. Las cámaras no están donde querían los sacerdotes, sino donde necesitaban estar los ingenieros.
También se explica la famosa concavidad de las caras de la pirámide —una ligera curva hacia adentro que solo se aprecia desde el aire— y la forma decreciente de las capas de piedra, que se van afinando conforme se gana altura. Esta distribución tendría sentido si los bloques eran levantados con cuerdas: a mayor altura, menor peso y más delgadez, facilitando así su extracción lateral y su encaje en el cuerpo de la pirámide.

¿Una hipótesis comprobable?
Lo más impactante de esta teoría es que ofrece predicciones verificables. No recurre a misterios ni a artefactos perdidos, sino que encaja con lo que ya se conoce y sugiere dónde buscar más pruebas. Las exploraciones no invasivas realizadas con partículas cósmicas (muones) han detectado cavidades internas en la pirámide, incluida una gran cámara sobre la Gran Galería. Este tipo de espacio encajaría perfectamente con el sistema de rampas internas propuesto.
Además, se han descubierto ranuras talladas en la piedra, señales de fricción y restos de materiales que podrían haber servido como guías para cuerdas o trineos. Incluso losas de granito enterradas en los alrededores podrían haber sido utilizadas como contrapesos reutilizables.
La pirámide como ingenio técnico
Si esta teoría es cierta, el verdadero logro de la Gran Pirámide no fue solo su tamaño, sino su diseño como una gigantesca herramienta de ingeniería. No fue solo un mausoleo, sino una fábrica vertical, capaz de elevar sus propios componentes mediante principios físicos elementales, aplicados con una sofisticación que aún hoy asombra.
Este nuevo enfoque no elimina del todo la posibilidad de rampas externas o técnicas auxiliares. Pero convierte el núcleo de la pirámide en algo más que un conjunto de cámaras: en una máquina monumental, diseñada para facilitar su propia construcción.
A más de 4.500 años de su levantamiento, la Gran Pirámide vuelve a sorprendernos. No por lo que oculta, sino por cómo pudo alzarse: no solo como tumba, sino como testimonio del ingenio humano en su forma más pura.
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