Día de la Mujer: 6 científicas que cambiaron la historia pero fueron invisibilizadas

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A pesar de los enormes avances logrados en las últimas décadas, las mujeres siguen teniendo que lidiar con prejuicios en contra de ellas en el ámbito científico.

En 1962, el científico Francis Crick recibió el Premio Nobel por descubrir la estructura del ADN, junto con sus colegas científicos James Watson y Maurice Wilkins. Pero Rosalind Franklin, una biofísica británica que también estudió el ADN y cuyos datos fueron fundamentales para el trabajo de Crick y Watson, no recibió el galardón. 

Franklin había fallecido cuatro años antes de que Watson, Crick y Wilkins recibieran el Nobel, y el reconocimiento nunca se concede a título póstumo. Pero incluso si hubiera estado viva, es posible que también se la hubiera pasado por alto. Al igual que muchas mujeres científicas, Franklin fue privada de reconocimiento a lo largo de su carrera.

No fue la primera mujer en sufrir indignidades en el mundo de la ciencia, dominado por los hombres, pero el caso de Franklin es especialmente grave, sostiene Ruth Lewin Sime, profesora jubilada de química del Sacramento City College que ha escrito sobre las mujeres en la ciencia.

A lo largo de los siglos, las investigadoras han tenido que trabajar como profesoras “voluntarias”, han visto cómo el mérito de sus importantes descubrimientos se atribuía a sus colegas masculinos y han sido excluidas de los libros de texto.

Por lo general, contaban con recursos escasos y luchaban contra viento y marea para lograr lo que lograban, solo para que “el mérito se atribuyera a sus maridos o colegas masculinos”, afirma Anne Lincoln, socióloga de la Universidad Metodista del Sur de Texas, que estudia los prejuicios contra las mujeres en las ciencias.

Las científicas de hoy en día creen que las actitudes han cambiado, asegura Laura Hoopes, del Pomona College de California, que ha escrito extensamente sobre las mujeres en las ciencias, “hasta que se topan con la realidad”. Los prejuicios contra las científicas son menos evidentes, pero no han desaparecido.

A continuación presentamos a seis investigadoras que realizaron trabajos innovadores y cuyos nombres probablemente sean desconocidos por una razón: porque son mujeres.

1. Jocelyn Bell Burnell

Nacida en Irlanda del Norte en 1943, Jocelyn Bell Burnell descubrió los púlsares en 1967, cuando aún era estudiante de posgrado en radioastronomía en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra.

Los púlsares son los restos de estrellas masivas que se convirtieron en supernovas. Su mera existencia demuestra que estos gigantes no se desintegraron por completo, sino que dejaron tras de sí estrellas pequeñas, increíblemente densas y giratorias.

Bell Burnell descubrió las señales recurrentes que emitían al girar mientras analizaba los datos impresos en cinco kilómetros de papel procedentes de un radiotelescopio que ella misma había ayudado a montar.

El hallazgo le valió el Premio Nobel, pero el galardón de Física de 1974 fue a parar a manos de Anthony Hewish, supervisor de Bell Burnell, y Martin Ryle, también radioastrónomo de la Universidad de Cambridge.

El desaire generó una “ola de simpatía” hacia Bell Burnell. Sin embargo, en una entrevista con National Geographic, la astrónoma se mostró bastante pragmática.

“La imagen que la gente tenía en aquella época de cómo se hacía ciencia era la de un hombre mayor (y siempre era un hombre) que tenía a su cargo a un montón de subordinados, personal subalterno, de los que no se esperaba que pensaran, sino que solo hicieran lo que él les decía”, explicó Bell Burnell, ahora profesora visitante de astronomía en la Universidad de Oxford.

Pero, a pesar de la simpatía y de su trabajo pionero, Bell Burnell comentó que seguía estando sujeta a las actitudes predominantes hacia las mujeres en el mundo académico.

No siempre tuve trabajos relacionados con la investigación”, contó. Muchos de los puestos que le ofrecieron a la astrofísica a lo largo de su carrera se centraban en la docencia o en tareas administrativas y de gestión.

“Y era muy difícil compaginar la familia y la carrera profesional”, explicó Bell Burnell, en parte porque la universidad en la que trabajaba cuando estaba embarazada no ofrecía prestaciones por maternidad.

Desde entonces, se ha vuelto bastante “protectora” con las mujeres en el mundo académico. Algunas escuelas pueden brindarles apoyo, pero Bell Burnell quiere un enfoque sistémico para aumentar el número de investigadoras.

Bell Burnell presidió recientemente un grupo de trabajo de la Real Sociedad de Edimburgo, encargado de encontrar una estrategia para aumentar el número de mujeres en los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas en Escocia.

2. Esther Lederberg

Nacida en 1922 en el Bronx, Esther Lederberg crecería para sentar las bases de futuros descubrimientos sobre la herencia genética en bacterias, la regulación génica y la recombinación genética.

Microbióloga de profesión, es quizás más conocida por descubrir en 1951, mientras trabajaba en la Universidad de Wisconsin, un virus que infecta a las bacterias, llamado bacteriófago lambda.

Lederberg, junto con su primer esposo, Joshua Lederberg, también desarrolló una forma de transferir fácilmente colonias bacterianas de una placa de Petri a otra, llamada replicación en placaque permitió el estudio de la resistencia a los antibióticos. El método Lederberg sigue utilizándose en la actualidad.

El trabajo de Joshua Lederberg sobre la replicación en placa contribuyó a que en 1958 le concedieran el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, que compartió con George Beadle y Edward Tatum.

Merecía el reconocimiento por el descubrimiento del fago lambda, su trabajo sobre el factor de fertilidad F y, especialmente, la réplica en placa”, escribió Stanley Falkow, microbiólogo jubilado de la Universidad de Stanford, en un correo electrónico. Pero no lo recibió.

Lederberg tampoco recibió un trato justo en cuanto a su posición académica en Stanford, añadió Falkow, colega de Lederberg que habló en su funeral en 2006. “Tuvo que luchar solo para ser nombrada profesora asociada de investigación, cuando sin duda debería haber obtenido el rango de profesora titular. No era la única. En aquella época, las mujeres recibían un trato injusto en el mundo académico”.

3. Chien-Shiung Wu

Nacida en Liu Ho, China, en 1912, Chien-Shiung Wu revolucionó una ley de la física y participó en el desarrollo de la bomba atómica.

Wu fue contratada por la Universidad de Columbia en la década de 1940 como parte del Proyecto Manhattan y llevó a cabo investigaciones sobre la detección de radiación y el enriquecimiento de uranio. Se quedó en Estados Unidos después de la guerra y se la conoció como una de las mejores físicas experimentales de su época, según Nina Byers, profesora jubilada de Física de la Universidad de California en Los Ángeles.

A mediados de la década de 1950dos físicos teóricos, Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang, se acercaron a Wu para que les ayudara a refutar la ley de la paridad. Esta ley sostiene que, en mecánica cuántica, dos sistemas físicos (como los átomos) que fueran imágenes especulares se comportarían de manera idéntica.

Los experimentos de Wu con cobalto-60, una forma radiactiva del metal cobalto, echaron por tierra esta ley, que había sido aceptada durante 30 años.

Este hito en la física llevó a Yang y Lee a ganar el Premio Nobel en 1957pero no a Wu, que quedó fuera a pesar de su papel fundamental. “La gente consideró (la decisión del Nobel) indignante”, sostuvo Byers.

Pnina Abir-Am, historiadora de la ciencia de la Universidad de Brandeis, se mostró de acuerdo y añadió que la etnia también influyó.

Wu murió de un derrame cerebral en 1997 en Nueva York.

4. Lise Meitner

Nacida en Viena, Austria, en 1878, el trabajo de Lise Meitner en física nuclear condujo al descubrimiento de la fisión nuclear, el hecho de que los núcleos atómicos pueden dividirse en dos. Este hallazgo sentó las bases para la bomba atómica.

Su historia es una complicada maraña de sexismo, política y origen étnico.

Tras terminar su doctorado en física en la Universidad de Viena, Meitner se mudó a Berlín en 1907 y comenzó a colaborar con el químico Otto Hahn. Mantuvieron su relación laboral durante más de 30 años.

Después de que los nazis anexaran Austria en marzo de 1938Meitner, que era judía, se trasladó a Estocolmo, SueciaContinuó trabajando con Hahn, manteniendo correspondencia y reuniéndose en secreto en Copenhague en noviembre de ese año.

Aunque Hahn realizó los experimentos que produjeron las pruebas que respaldaban la idea de la fisión nuclear, no fue capaz de encontrar una explicación. Meitner y su sobrino, Otto Frisch, elaboraron la teoría.

Hahn publicó sus hallazgos sin incluir a Meitner como coautora, aunque varias fuentes afirman que Meitner entendió esta omisión, dada la situación en la Alemania nazi.

“Ese es el comienzo de cómo Meitner quedó separada del crédito por descubrir la fisión nuclear”, dijo  Lewin Sime, quien escribió una biografía de Meitner. 

Otro factor que contribuyó al olvido del trabajo de Meitner fue su género. Meitner escribió una vez a un amigo que ser mujer en Suecia era casi un delito. Un investigador del comité del Premio Nobel de Física intentó activamente excluirla. Así, Hahn ganó en solitario el Premio Nobel de Química de 1944 por sus contribuciones a la fisión del átomo.

Los colegas de Meitner en aquella época, incluido el físico Niels Bohr, estaban convencidos de que ella había sido fundamental en el descubrimiento de la fisión nuclear”, explicó Sime. Pero como su nombre no aparecía en el artículo inicial con Hahn, y no se le concedió el Premio Nobel en reconocimiento al descubrimiento, a lo largo de los años no se la ha asociado con el hallazgo.

La física nuclear falleció en 1968 en Cambridge, Inglaterra.

5. Rosalind Franklin

Nacida en Londres en 1920, Rosalind Franklin utilizó rayos X para tomar una fotografía del ADN que cambiaría la biología.

El suyo es quizás uno de los casos más conocidos (y vergonzosos) de una investigadora al que se le ha robado el mérito, asegura Lewin Sime.

Franklin se graduó con un doctorado en química física por la Universidad de Cambridge en 1945 y luego pasó tres años en un instituto de París, donde aprendió técnicas de difracción de rayos X, es decir, la capacidad de determinar las estructuras moleculares de los cristales.

Regresó a Inglaterra en 1951 como investigadora asociada en el laboratorio de John Randall en el King’s College de Londres y pronto conoció a Maurice Wilkins, que dirigía su propio grupo de investigación sobre la estructura del ADN.

Franklin y Wilkins trabajaban en proyectos de ADN independientes, pero, según algunas versiones, Wilkins confundió el papel de Franklin en el laboratorio de Randall con el de una asistente en lugar de la directora de su propio proyecto.

Mientras tanto, James Watson y Francis Crick, ambos de la Universidad de Cambridge, también intentaban determinar la estructura del ADN. Se comunicaron con Wilkins, quien en algún momento les mostró la imagen del ADN de Franklin, conocida como Foto 51, sin su conocimiento.

La Foto 51 permitió a Watson, Crick y Wilkins deducir la estructura correcta del ADN, que publicaron en una serie de artículos en la revista Nature en abril de 1953Franklin también publicó en el mismo número, proporcionando más detalles sobre la estructura del ADN.

La imagen de Franklin de la molécula de ADN fue clave para descifrar su estructura, pero solo Watson, Crick y Wilkins recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1962 por su trabajo.

Franklin murió de cáncer de ovario en 1958 en Londres, cuatro años antes de que Watson, Crick y Wilkins recibieran el Nobel. Dado que los premios Nobel no se otorgan a título póstumo, nunca sabremos si Franklin habría recibido una parte del premio por su trabajo.

6. Nettie Stevens

Nacida en 1861 en Vermont, Nettie Stevens realizó estudios cruciales para determinar que el sexo de un organismo estaba dictado por sus cromosomas y no por factores ambientales u otros.

Después de obtener su doctorado en el Bryn Mawr College de Pensilvania, Stevens continuó en la universidad como investigadora estudiando la determinación del sexo.

Al trabajar con gusanos de la harina, pudo deducir que los machos producían esperma con cromosomas X e Y (los cromosomas sexuales) y que las hembras producían células reproductoras con solo cromosomas X. Esto era una prueba que respaldaba la teoría de que la determinación del sexo está dirigida por la genética de un organismo.

Se dice que un compañero investigador, llamado Edmund Wilson, realizó un trabajo similar, pero llegó a la misma conclusión más tarde que Stevens.

Stevens fue víctima de un fenómeno conocido como el efecto Matilda: la represión o negación de las contribuciones de las investigadoras a la ciencia.

A Thomas Hunt Morgan, un destacado genetista de la época, se le atribuye a menudo el descubrimiento de la base genética de la determinación del sexo, según Hoopes, del Pomona College. Fue el primero en escribir un libro de texto sobre genética, señaló, y quería magnificar sus contribuciones.

“Los libros de texto tienen la terrible tendencia de elegir las mismas pruebas que otros libros de texto”, añadió. Y así, el nombre de Stevens no se asoció con el descubrimiento de la determinación del sexo.

Hoopes no tiene ninguna duda de que Morgan estaba en deuda con Stevens. “Mantuvo correspondencia con otros científicos de la época sobre sus teorías”, dijo. “[Pero] sus cartas con Nettie Stevens no eran así. Él le pedía detalles de sus experimentos”.

“Cuando Nettie falleció [de cáncer de mama en 1912], él escribió sobre ella en Science, y dijo que pensaba que ella no tenía una visión amplia de la ciencia”, recuerda Hoopes. “Pero eso es porque no le preguntó”.

Con información de NAtional Geographic LA.

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