La mujer, una de las principales activistas por los miles de desaparecidos en México, lleva siete años de lucha para encontrar a Marco Antonio, que tenía 32 años cuando un comando armado se lo llevó
Abrazada a un largo hueso blanco, en un desierto donde se adivinan algunos matorrales en medio de la inmensidad, Cecilia Patricia Flores, una mujer menuda de 53 años convertida en uno de los iconos de la búsqueda de desaparecidos en México, cuenta que cree haber encontrado los restos de su hijo Marco Antonio, que tenía 32 años en 2019, cuando un comando armado se lo llevó. “Yo no creo que ninguna madre merezca recoger solamente huesos de su hijo. Abrazar solamente huesos, recoger solamente huesos dispersos en este lugar, un lugar muy inmenso”, dice en el vídeo que grabó ella misma hace seis días y publicó en Facebook.
Ese lugar está junto a una carretera en Hermosillo, la capital de Sonora, al noroeste de México, en el kilómetro 46. Ella estaba convencida de que se trataba de su hijo porque también halló la ropa que llevaba ese día. De esto hace una semana. Este martes, la Fiscalía estatal le ha confirmado, mediante el cotejo de pruebas de ADN, que sí, que esos restos son de Marco Antonio. En un comunicado, la Fiscalía de Sonora afirma que “ya se tiene identificadas a ocho personas de interés, quienes enfrentarán los debidos procesos penales como probables responsables de los hechos que llevaron al fallecimiento del perjudicado”.
Horas después, Flores dedicó en X unas palabras a su hijo y a quienes la han acompañado en este camino: “Hijo, nunca dejé de buscarte… nunca perdí la esperanza de encontrarte, de abrazarte otra vez”. También explica que el ADN “ha confirmado lo que tanto temía” y que, “aunque pasaron los años, nunca estuve preparada para este momento”.
Ceci Flores llevaba siete años siguiendo pistas, siete años en los que su voz se ha convertido en una de las principales del movimiento de madres que buscan a miles de desaparecidos en México por su cuenta, con palas, con sus manos, escarbando en fosas y en parajes remotos, por todo el país, sin apenas ayuda del Estado, que solo hace unos días informó de que había reinterpretado los datos del registro oficial de personas desaparecidas.
De las más de 130.000 en los últimos 20 años que figuran ahí, el Gobierno considera en realidad que solamente un tercio son desapariciones claras, es decir, 43.128. El resto, dos tercios, lo conforman otras 40.308 personas que registraron alguna actividad después de la denuncia de desaparición —como por ejemplo vacunarse, casarse o declarar impuestos— y otro grupo de 46.742 personas de las que faltan datos básicos para su búsqueda, como el sexo o el nombre completo.
La reinterpretación de estos datos del Gobierno de Claudia Sheinbaum ha suscitado la indignación de los colectivos de búsqueda, un ejército de miles de madres, y también padres y familiares, que, en medio de la violencia que azota al país, ha tejido redes de apoyo mutuo y logística ante el monumental desamparo que sufren desde el mismo momento de la denuncia. Al dolor insondable que supone no saber nada de un hijo, si está vivo o muerto o si lo reclutó el crimen organizado, se suma una burocracia compleja, falta de diligencia en el trámite del caso como desaparición y falta de medios y voluntad de buscar a las personas por parte de las autoridades. Basta un dato para ver la magnitud del desastre de la gestión política del problema: de los 43.128 casos que las autoridades consideran incontestables, las fiscalías solo iniciaron una investigación en 3.869.
Cecilia Flores cayó en ese abismo sin respuestas hace años, cuando empezó su lucha para encontrar a dos de sus hijos, Marco Antonio, cuyos restos acaban de ser hallados, y Alejandro Guadalupe, que tenía 21 años en 2015, cuando desapareció al ir al trabajo en Los Mochis, en Sinaloa, y al que todavía busca. Ella ha ido relatando y documentando todo el proceso en redes sociales, lleno de peligros y obstáculos. Tiene fijado en su perfil de X una petición de ayuda para recolectar donaciones y seguir buscando. Flores relata en otro video que se formó para desarrollar una labor que en otros países asumen profesionales. Está molesta porque la directora de Servicios Periciales dijo que había que comprobar que ese hueso que Flores abrazaba corresponde a un humano: “Soy la primera madre buscadora que tiene la certificación para buscar a personas desaparecidas, tengo la certificación para exhumar cuerpos”, afirma.
También relata en otro momento que ella ayudó “a encontrar a los delincuentes” que secuestraron a su hijo, reflejando que muchas veces son los propios familiares los que, además de buscar, tienen que hacer de forenses y de policías. Cecilia Flores, en esta ocasión, agradeció hace días a la Fiscalía de Investigación de Desaparecidos que, cuenta en X, la apoyó “para que la persona que sabía del paradero de Marco Antonio les dijera por fin dónde se encontraba mi hijo. Ellos hicieron la búsqueda y yo pedí al fiscal que, el día que se encontraran indicios, yo quería participar en la búsqueda y me dio la oportunidad”, afirma.
Con información de El País.
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