Hallazgo confirma que el pinot noir existía hace 600 años

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Un estudio genético de semillas de uva recuperadas en yacimientos franceses muestra que algunas variedades célebres, entre ellas la pinot noir, llevaban siglos cultivándose casi sin cambios.

Durante siglos, la historia del vino en Francia se ha contado a través de ánforas, lagares, textos latinos y paisajes de viñedo. Ahora, esa narración suma una prueba mucho más pequeña, pero extraordinariamente elocuente: una pepita de uva hallada en un retrete medieval de hospital del siglo XV, en Valenciennes, que resulta ser genéticamente idéntica a la actual pinot noir. El hallazgo no solo tiene algo de irresistible por su contexto arqueológico; también aporta una de las evidencias más sólidas hasta la fecha de que algunas variedades de uva se han conservado durante siglos mediante propagación clonal.

Tal y como indica el estudio publicado en Nature Communications, el equipo analizó ADN antiguo de 54 pepitas de uva —49 de ellas recién secuenciadas— procedentes de yacimientos de Francia e Ibiza, con una cronología que va desde la Edad del Bronce hasta la Baja Edad Media. El resultado permite seguir casi 4.000 años de historia vitícola y observar, con una precisión inédita, cuándo aparecen las primeras vides domesticadas, cómo se mezclaron con poblaciones silvestres y en qué momento los viticultores comenzaron a multiplicar sistemáticamente las plantas por esquejes.

La gran imagen que emerge es fascinante: la Francia del vino no nació de golpe ni fue fruto de una única tradición “nacional”, sino de una suma de aportes locales y mediterráneos. En las muestras más antiguas, fechadas entre 2300 y 2000 a. C. en la región de Nimes, los investigadores detectaron linajes de vid silvestre propios del oeste europeo. Eran, en esencia, uvas salvajes que crecían mucho antes de que el viñedo se convirtiera en una seña de identidad del paisaje francés.

La transformación empieza a hacerse visible siglos después. Tal y como ha revelado el trabajo, las primeras señales claras de vid domesticada aparecen hacia 625–500 a. C., en plena Edad del Hierro, precisamente en el sur de Francia. La cronología encaja de forma muy sugerente con lo que la arqueología venía proponiendo desde hace tiempo: que la viticultura se afianzó en esta zona al calor de los contactos mediterráneos, especialmente tras la fundación griega de Massalia, la actual Marsella.

Cuando Francia empezó a beber vino “global”

Lo más interesante del estudio es que no dibuja una viticultura primitiva y aislada, sino una red sorprendentemente conectada. Las pepitas de época romana muestran afinidades genéticas con variedades procedentes de la Península Ibérica, los Balcanes, el Levante e incluso el Cáucaso. En otras palabras: la Galia romana no solo importaba vino; también recibía material vegetal, conocimientos agrícolas y probablemente cepas enteras o esquejes que acabaron integrándose en sus cultivos.

Ese mestizaje genético cuenta una historia muy romana. Precisamente, la de un imperio que movía mercancías, personas y técnicas a gran escala. El vino viajaba en ánforas, sí, pero también viajaban las vides. Y no solo las domesticadas. El estudio detecta además mezclas frecuentes entre variedades cultivadas y vides silvestres locales, lo que sugiere que los viticultores experimentaron, seleccionaron y adaptaron plantas a entornos concretos durante siglos.

En ese proceso de prueba, error y selección aparece uno de los aspectos más decisivos del estudio: la propagación vegetativa. Dicho de forma sencilla, en vez de plantar semillas y esperar resultados imprevisibles, los agricultores comenzaron a reproducir una cepa concreta a partir de esquejes o sarmientos. Es una técnica básica en la viticultura moderna, porque permite conservar exactamente las características de una planta apreciada. Pero demostrar cuándo empezó a usarse con claridad en la Antigüedad era mucho más difícil.

Tal y como ha adelantado el paper, la genética ha permitido detectar clones idénticos o casi idénticos en distintos lugares y épocas. Algunos aparecen ya en la Edad del Hierro, lo que indica que esa forma de cultivo estaba en marcha siglos antes de lo que muchos podían documentar con seguridad. Hay incluso clones compartidos entre yacimientos separados por cientos de kilómetros, una pista muy valiosa sobre la circulación de esquejes y la existencia de redes agrícolas y comerciales mucho más sofisticadas de lo que suele imaginarse.

La pepita medieval que conecta a Juana de Arco con una copa actual

Y entonces llega el hallazgo más llamativo. La presencia de una pepita recuperada en Valenciennes, fechada entre 1400 y 1500, coincide genéticamente con la pinot noir actual. No es una “pariente cercana” ni una variedad parecida; es, a efectos genéticos, la misma cepa. La conclusión tiene una potencia histórica enorme, porque sitúa a una de las uvas más célebres del mundo ya plenamente establecida a finales de la Edad Media.

Eso significa que el pinot noir, asociado hoy a Borgoña y a algunos de los vinos más prestigiosos del planeta, no es una invención moderna ni una variedad refinada en tiempos recientes, sino un linaje agrícola con una continuidad extraordinaria. Durante al menos seis siglos, generaciones de viticultores conservaron esa planta y la reprodujeron como quien protege una herencia biológica y cultural.

El detalle de que la pepita apareciera en una letrina medieval añade una capa de humanidad al descubrimiento. En aquel tiempo, estos espacios también funcionaban a menudo como vertederos domésticos. Lo que hoy parece una anécdota pintoresca fue, en realidad, un depósito involuntario de historia material. Allí acabó una semilla que permite enlazar el mundo de la Guerra de los Cien Años, los hospitales urbanos y la vida cotidiana del siglo XV con una botella que todavía hoy puede descorcharse.

Conviene, eso sí, no exagerar lo que el ADN puede decir. El estudio no permite saber si esa uva se consumió como fruta de mesa o si se destinó a la elaboración de vino. Tampoco puede reconstruir exactamente el sabor de un caldo medieval. El vino depende no solo de la variedad, sino del clima, el suelo, la fermentación, el almacenaje y las prácticas culturales. Pero sí deja algo claro. Y es que la base biológica de algunos vinos famosos ya estaba ahí, y llevaba mucho tiempo estándolo.

El concierto, de Valentin De Boulogne
El concierto, de Valentin De Boulogne (alrededor de 1615). Fuente: Wikimedia
Un hallazgo pequeño que cambia una historia enorme

Lo que hace importante este trabajo no es solo que identifique una uva famosa, sino que permite mirar la historia de Francia desde un ángulo muy concreto y muy revelador: el de las plantas que acompañaron a sus sociedades durante milenios. La vid aparece aquí como un testigo privilegiado de la colonización griega, de la expansión romana, de las redes medievales y de la persistencia de las tradiciones agrícolas.

En el fondo, este estudio cuenta una historia de continuidad. No una continuidad inmóvil, sino viva, la de una cultura del vino que fue incorporando influencias extranjeras, cruzándose con variedades locales y perfeccionando técnicas de cultivo hasta fijar cepas que han llegado al presente. La gran sorpresa es que algunas de esas cepas, literalmente, siguen entre nosotros.

Y eso convierte a una simple pepita en algo más que un resto arqueobotánico. La convierte en una cápsula del tiempo. Una diminuta prueba de que, en ciertos aspectos, el pasado no está tan lejos como creemos.

Con información de Muy Interesante México.

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