Hallazgo en Anatolia confirma evidencia clave de hace 15 mil años

6 minutos de lectura

Un análisis genético y arqueológico ha permitido identificar una evidencia excepcional del Paleolítico que sugiere una relación mucho más estrecha, simbólica y antigua entre humanos y animales de lo que se creía.

La escena no transcurre en una aldea neolítica, ni en uno de esos primeros paisajes agrícolas que solemos imaginar como el origen de casi todo. Ocurre mucho antes, en un mundo de cazadores-recolectores que aún se movían por territorios duros, abiertos y estacionales, donde la supervivencia dependía del clima, de la caza y de una red de vínculos humanos mucho más sofisticada de lo que a veces se supone.

En ese escenario aparece Pınarbaşı, un yacimiento del centro de la actual Turquía que lleva años ofreciendo pistas muy valiosas sobre el final del Paleolítico en Anatolia. Allí, entre enterramientos humanos, actividad doméstica y restos de ocupaciones repetidas, había también huesos de cánidos. Durante mucho tiempo, como ha ocurrido en tantos otros lugares de Eurasia, la gran dificultad fue saber qué eran exactamente: lobos, perros tempranos o algo intermedio.

Ese ha sido, en realidad, uno de los grandes problemas de la prehistoria del perro. La domesticación no deja siempre una frontera clara en los huesos. A veces el cráneo engaña, la mandíbula confunde y las proporciones no bastan. La arqueología lleva décadas conviviendo con una lista de “primeros perros” que luego dejaron de serlo cuando el ADN entró en escena y obligó a corregir entusiasmos prematuros.

El gran problema no estaba en los huesos, sino en la certeza

Tal y como ha revelado un estudio publicado en Nature, el equipo internacional que ha trabajado con restos de Pınarbaşı y otros yacimientos de Eurasia occidental ha conseguido precisamente lo que durante años parecía más difícil: identificar con seguridad genética a varios de esos animales. Y eso cambia mucho más que una etiqueta zoológica.

El trabajo combina genomas nucleares y mitocondriales, dataciones directas por radiocarbono e isótopos estables para reconstruir no solo qué animales eran, sino también cómo encajaban en la vida de los grupos humanos con los que convivieron. El resultado, leído con calma, es de esos que obligan a reescribir párrafos enteros de la historia profunda de nuestra especie.

Pınarbaşı no era un lugar cualquiera. El abrigo fue utilizado por grupos humanos del Epipaleolítico que regresaban una y otra vez al mismo espacio y enterraban allí a sus muertos. No se trata, por tanto, de un campamento casual, sino de un lugar cargado de memoria y de significado. Y en ese mismo espacio aparecieron también restos de perros muy jóvenes.

Los perros ya estaban extendidos por Europa y Anatolia en pleno Paleolítico
Los perros ya estaban extendidos por Europa y Anatolia en pleno Paleolítico. Fuente: Nature (2026)

La cuestión importante no es solo que estuvieran allí, sino cómo estaban allí. Porque cuando un animal aparece en un contexto funerario, junto a prácticas reservadas normalmente para personas, deja de ser simplemente fauna del yacimiento. Entra en otra categoría histórica: la de los seres integrados en la vida social y simbólica de un grupo humano.

Anatolia guardaba una de las pistas más antiguas de la relación

Y aquí llega el verdadero giro. Tal y como indica el artículo, uno de los ejemplares de Pınarbaşı ha proporcionado la evidencia genética más antigua e inequívoca de un perro en Eurasia occidental: unos 15.800 años de antigüedad. No hablamos ya de un “posible perro” o de una clasificación basada en forma y tamaño, sino de un animal identificado por ADN nuclear como perro.

Ese dato, por sí solo, ya sería notable. Pero hay más. Los análisis isotópicos sugieren que esos animales —o, en el caso de los ejemplares perinatales, sus madres— compartían parte del universo alimentario humano. En Pınarbaşı, los restos arqueológicos muestran consumo de recursos acuáticos de agua dulce, y los isótopos de los cánidos apuntan en la misma dirección. No parece la dieta de un animal salvaje que merodea por casualidad. Parece la huella de una convivencia.

La investigación arroja nueva luz sobre uno de los grandes enigmas de la Prehistoria y sitúa en Anatolia una escena inesperadamente humana en pleno final de la Edad de Hielo.

Aún más revelador es el contexto funerario. Tal y como ha adelantado el estudio, los perros de Pınarbaşı fueron depositados en la misma zona donde se enterraba a personas. No es una prueba automática de “afecto” en sentido moderno, y conviene no proyectar demasiado, pero sí habla de una proximidad excepcional. El gesto importa. Y en arqueología, los gestos repetidos importan mucho.

La imagen que empieza a emerger es poderosa: en el centro de Anatolia, al final de la Edad de Hielo, algunos grupos humanos no solo convivían con perros, sino que les reservaban un tratamiento mortuorio difícil de explicar si fueran simples carroñeros tolerados en torno al campamento.

Científicos identifican el perro más antiguo conocido y adelantan en unos 5.000 años su rastro genético
Científicos identifican el perro más antiguo conocido y adelantan en unos 5.000 años su rastro genético. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez
No eran un caso aislado, y eso cambia toda la historia

Lo más sorprendente es que Pınarbaşı no estaba solo. El mismo estudio identifica otro perro paleolítico en Gough’s Cave, en el Reino Unido, con unos 14.300 años de antigüedad. Y, según el análisis genético, ambos animales estaban estrechamente emparentados pese a la enorme distancia entre Anatolia y el extremo occidental de Europa.

Eso significa que, para entonces, los perros ya no eran una rareza local. Eran una presencia extendida. Y no solo eso: circulaban entre grupos humanos cultural y genéticamente distintos. El nuevo trabajo sugiere que esa población temprana de perros se había expandido por Europa y Anatolia entre hace unos 18.500 y 14.000 años.

En otras palabras, mientras las comunidades humanas mantenían identidades culturales diferentes, los perros ya estaban cruzando fronteras invisibles. No acompañaban solo a “un pueblo” o a una tradición concreta. Formaban parte de una red más amplia de contactos, intercambios y movilidad.

Con información de Muy Interesante México.

Síguenos en nuestras redes sociales

Tu voz en la conversación pública, deja tu comentario de esta noticia

En nuestro compromiso con el periodismo participativo, te invitamos a compartir tu opinión sobre los temas que marcan nuestra realidad: política, seguridad, sociedad y actualidad viral.

Tus comentarios contribuyen a una comunidad informada, crítica y respetuosa.

Por favor, mantén un tono constructivo y evita expresiones ofensivas. La pluralidad de ideas es bienvenida cuando se expresa con responsabilidad.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio