Ninfomanía, otro pretexto más para la discriminación.

Ninfomanía, otro pretexto más para la discriminación.

Por Fernando Espinosa Rúa

El origen del término lo encontramos en la mitología griega, en la que se reconocía como ninfas a unas hermosas y jóvenes doncellas que habitaban en la naturaleza y atraían con su belleza y sus cantos a los campesinos con la intención de seducirlos.

El vocablo fue acuñado aproximadamente en el año 1800 por un psiquiatra, que como es de suponer y acorde a su época que le tocó vivir, conocía muy poco sobre la fisiología sexual femenina. Por aquellas fechas pululaba en los ámbitos médicos la asociación patológica entre útero-histeria, a la vez que el deseo sexual femenino asustaba a los hombres y la masturbación era considerada como pecado. Entonces no es extraño que surgiese un término con connotaciones de enfermedad y de prejuicio para censurar todos aquellos comportamientos “inadecuados” para la mujer pues estaba creándose la imagen de que ellas eran seres asexuados.

A modo de curiosidad histórica, cabe mencionar que ese supuesto trastorno fue citado en el II Manual Diagnóstico de Enfermedades Mentales como una desviación sexual, después en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (American Psychiatric Association, APA), fue reconocida como una dependencia sexual capaz de influir en la vida cotidiana de las personas, que posteriormente fue eliminado y luego quedó bajo el rubro de impulso sexual excesivo. Posteriormente fueron llamados sexo-adictos, hoy en día prevalece el termino, con el nombre de hipersexuales. Lo cierto es que en la actualidad muy poco profesionales hacen referencia a la palabra ninfomanía, quedando relegada y arraigada en la memoria del pueblo.

De esta manera, en la cultura popular se conoce como “ninfómana” a la mujer que tiene un insaciable apetito sexual, es decir, que padece un deseo irrefrenable y compulsivo por tener cúpula, se utiliza para referirse aquellas que se masturban o “sienten más deseo sexual que sus maridos” pero que después del acto sexual quedan insatisfechas. Además, son catalogadas como personas que no logran mantener una relación de pareja estable por su mismo deseo que las hacen pasar de una relación a otra y/o varios compañeros sexuales, no solo afectivos.

De esta forma, el concepto de ninfómana ha sido utilizado como despectivo, pues no sucede lo mismo con el de sátiro, para el caso del hombre, que según los griegos eran criaturas masculinas que acompañaban a Pan y Dionisio por bosques y montañas con un desaforado apetito sexual. La impronta negativa de la ninfomanía sigue arrastrando su pesado lastre de miedo y rechazo al deseo sexual femenino aun en nuestros días. El que una mujer disfrute del sexo no significa que lo sea o que padezca hipersexualidad, según Mignon MacLaughlin “una ninfómana es una mujer tan obsesionada con el sexo, como cualquier hombre promedio”, sin embargo, muchas mujeres viven con vergüenza, se sienten culpables o molestas ante estas ideas que están presentes en la cultura popular. El consenso entre quienes consideran la hipersexualidad un trastorno es que el umbral se alcanza cuando el comportamiento causa incomodidad o impide el funcionamiento social.

Actualmente se les denomina hipersexuales a quienes se caracterizan por sobrepasar un determinado umbral del deseo sexual, pero es aquí donde los sexólogos cuestionan sobre si puede existir tal umbral, ¿Cuál sería la base para decidir en la frecuencia de estimulación? Ya que el deseo sexual varía considerablemente en los humanos: lo que

una persona considera un deseo sexual “normal” para otro podría ser considerado como excesivo o insuficiente. Muchas veces la comparación del desea se realiza respecto a la pareja, quien puede percibir que tiene más deseo uno que del otro. Pero también esta el que muchos hombres no entienden la función multiorgásmica de la mujer y la suponen con un alto libido. Un caso desproporcionado y que exhibe el conservadurismo y el prejuicio en nuestra sociedad fue cuando Martha Sahagún pidió el divorcio al Vaticano argumentando que su primer esposo tenía una sexualidad exacerbada, se le concedió y se casó por la iglesia con Vicente Fox.

Pero también es una cuestión de estereotipos, como en el caso contrario, que se cree que todos los hombres solo piensan en sexo o que siempre deben estar disponibles para tener sexo con cualquier mujer que se lo proponga. O que es raro que las mujeres puedan desear tener relaciones sexuales pues en la época victoriana se alentaba la idea de que ellas eran seres asexuados.

De esta manera, muchas de ellas no disfrutan de las relaciones sexuales pensando que no deben de parecer unas “locas” o “mujerzuelas” en las relaciones sexuales, mientras algunos hombres sueñan con tener mujeres insaciables como en las películas.

Alrededor de la sexualidad de las mujeres todavía existen muchas ficciones como que son frígidas, que son más lentas en la excitación o en alcanzar un orgasmo, que el hombre debe proporcionarles el orgasmo, que deben estar siempre dispuestas al sexo con ellos y en exclusiva, totalmente entregadas en cuerpo, alma y mente.

La sexóloga María Luisa Lerer cuestiona ¿Qué si son más lentas? ¿con referencia a quién? Ella menciona que muchos estudios y referencias están basados en el varón, que muchas de las veces son los propios esposos los que reportan que ellas tienen más o menos deseos que ellos o que no quedan satisfechas sexualmente. La sexóloga menciona que tal vez sea que a muchos hombres se les ha enseñado a eyacular prontamente. A este respecto, el sexólogo Lucio David González, explica que en los consultorios es mucho más común encontrar casos de mujeres que jamás han podido satisfacerse, “tenemos una cultura en el que el hombre lo hace más rápido y deja a la mujer viendo un chispero”. Ya que no se toma en cuenta lo que le gusta a su conyugue.

De aquí la importancia de una educación en este rubro para entender la sexualidad propia y de las personas con quien se tiene interacción y es necesario dejar de usar términos peyorativos, genitalizar, esquematizar a otros poniendo como dato central la sexualidad o la idea de que nos tomamos de cómo debe ser esta. Porque con ello hallamos relativa seguridad ante dudas, miedos e inseguridades de nosotros mismos y quisiéramos obligar a que los demás reaccionen a la medida de nuestras expectativas y ganas de tener poder y control sobre sus cuerpos.

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