San Luis Potosí, S.L.P.- Antes de que las pantallas, los videojuegos y los teléfonos celulares ocuparan buena parte del tiempo de los niños, existían juguetes que solamente necesitaban madera, una cuerda y un poco de habilidad para convertirse en horas de diversión. Entre ellos se encuentra el balero, un juego tradicional que durante generaciones formó parte de la infancia de millones de mexicanos.
Aunque suele considerarse uno de los juguetes tradicionales de México, su origen no puede atribuirse de manera comprobada exclusivamente a nuestro país. El balero pertenece a una antigua familia de juegos conocidos en diferentes regiones del mundo bajo distintas formas y nombres. En Francia, por ejemplo, existe el llamado bilboquet, mientras que en Japón se desarrolló una variante conocida como kendama.
Lo que sí está documentado es que el balero forma parte del patrimonio del juguete popular mexicano. El Museo Nacional de Culturas Populares conserva ejemplares dentro de su colección de juguetes tradicionales; entre ellos se encuentra un balero procedente de Ixtapan de la Sal, Estado de México, elaborado en madera mediante torneado y pintado.
Un juego sencillo, pero nada fácil
El mecanismo del balero es tan sencillo como desafiante. Una pieza de madera con forma de copa o recipiente está unida mediante una cuerda a un pequeño palo. El jugador debe lanzar la pieza e intentar atraparla haciendo que el extremo del palo entre en el orificio correspondiente.
La dificultad aumenta conforme se intenta realizar diferentes movimientos y trucos, lo que convierte al juguete en una prueba de coordinación, precisión, concentración y paciencia.
Precisamente esa sencillez fue parte de su encanto: no requería electricidad, baterías ni tecnología. Bastaban un balero y las ganas de aprender.
¿De dónde surgió?
El origen exacto del balero continúa siendo difícil de establecer. Existen juguetes de tipo “copa y bola” o “bola y clavija” documentados en distintas culturas, por lo que no resulta correcto afirmar que nació exclusivamente en México.
Una de las tradiciones europeas más conocidas es el bilboquet, un juego similar que tuvo presencia histórica en Francia. Con el paso de los siglos, este tipo de juguetes adoptó diferentes formas y nombres en distintas regiones.
En México, el balero adquirió características propias y se integró a la tradición del juguete artesanal. Los artesanos mexicanos lo fabricaron principalmente en madera, incorporando colores, diseños y formas que variaban según la región.
La Secretaría de Cultura ha reconocido al balero, junto con el trompo, el yoyo, las canicas, las matatenas y otros objetos, como parte del universo del juguete popular mexicano.
De las calles y patios a las vitrinas de los museos
Durante buena parte del siglo XX, el balero podía encontrarse en mercados, ferias, tiendas de juguetes y talleres artesanales. Era común que los niños aprendieran a jugar observando a sus hermanos, amigos o padres.
El juguete también tenía una característica importante: podía transmitirse de generación en generación. Un balero podía pasar de las manos de un padre a las de un hijo y después convertirse en un recuerdo familiar.
Actualmente, instituciones culturales mantienen ejemplares y colecciones dedicadas a preservar esta tradición. El Instituto Nacional de Antropología e Historia también incluye al balero entre los juguetes mexicanos que forman parte de sus colecciones y exposiciones sobre juguetes del mundo.
¿Por qué se ha ido perdiendo?
La desaparición del balero de la vida cotidiana no tiene una sola causa. Uno de los factores más importantes es la transformación de la industria del juguete.
La llegada masiva de juguetes de plástico, productos importados y, posteriormente, juguetes electrónicos modificó las preferencias de las nuevas generaciones. La propia Secretaría de Cultura ha señalado que los juguetes tradicionales de madera han perdido mercado ante la aparición de juguetes de plástico y productos chinos.
A esto se suma el crecimiento de los videojuegos, los teléfonos inteligentes, las tabletas y otras formas de entretenimiento digital. Para muchos niños, el tiempo que antes se destinaba a juegos tradicionales ahora se comparte o sustituye por actividades frente a una pantalla.
También ha disminuido la transmisión de estos juegos de una generación a otra. Si los padres y abuelos ya no enseñan a los niños a jugar con el balero, el trompo o las canicas, la tradición puede perder presencia en la vida cotidiana.
Un juguete que todavía puede sobrevivir
Sin embargo, decir que el balero desapareció sería incorrecto.
El juguete continúa fabricándose por artesanos y aparece en ferias, mercados, museos, actividades culturales y proyectos de recuperación de los juegos tradicionales. La Secretaría de Cultura incluso ha organizado actividades específicamente destinadas a recuperar juguetes que se encuentran en desuso.
Su permanencia depende, en buena medida, de que vuelva a existir un puente entre generaciones: que los adultos enseñen a los niños cómo sostenerlo, cómo lanzar la pieza y, sobre todo, cómo tener paciencia hasta conseguir el primer “emboque”.
Porque quizá esa sea una de las principales enseñanzas del balero: en una época acostumbrada a la inmediatez, un juguete de madera obliga a detenerse, practicar y volver a intentarlo.
El balero no desapareció; simplemente dejó de ocupar el lugar central que alguna vez tuvo en la infancia mexicana. Y mientras exista alguien dispuesto a enseñarle a un niño cómo jugarlo, aquella vieja tradición seguirá teniendo una oportunidad de regresar a las calles, patios y hogares de México.
Redacción





