Un hueso de alcatraz hallado en Oiartzun en 1966 muestra 23 grabados magdalenienses. Ekainberri expone ahora este enigma de 12.000 años. Entre sus motivos aparecen un ciervo, un caballo, un sarrio, dos cabras montesas, un uro y una figura humana.
Hace 12.000 años, alguien tomó el hueso hueco de un ave marina y lo cubrió con figuras de ciervos, caballos, sarrios y uros. Aunque desconocemos tanto la identidad de quien lo talló como el motivo por el que lo hizo, el tubo de Oiartzun es hoy una de las piezas de arte mueble prehistórico más fascinantes de la península ibérica.
El objeto fue hallado en 1966 en una cueva de Oiartzun. Su estudio más reciente, publicado en 2023 por un equipo liderado por el arqueólogo Asier Erostarbe-Tome, ha revisado con microscopios modernos aquel hallazgo de hace seis décadas. La pieza, además, ha vuelto a ser noticia en 2026: el museo Ekainberri le dedica una exposición temporal que invita al público a resolver, junto a los investigadores, el misterio de su función.
El tubo de Oiartzun es hoy una de las piezas de arte mueble prehistórico más fascinantes de la península ibérica.
Un hueso de alcatraz que guardó un secreto durante 60 años
En arqueología, se denomina tubo a cualquiera de los huesos largos y huecos de las aves, vaciados de su médula, que el ser humano prehistórico aprovechaba como soporte para tallar figuras. Su forma cilíndrica y sus paredes finas los hacían ideales para grabar con precisión. Su estado de conservación y la riqueza de su decoración, que cubre casi toda la superficie disponible del hueso, lo convierten en un objeto prehistórico único.
El de Torre procede del ala de un alcatraz atlántico, un ave marina que hoy frecuenta los acantilados y las islas del Atlántico Norte. La pieza, que se conservó partida en dos fragmentos por una fractura antigua, mide 179 milímetros de largo, apenas 10 de ancho y su grosor no llega a los dos milímetros. Se trata, pues, de un ejemplar minúsculo para tanto detalle.
El hallazgo se remonta a 1966, cuando un equipo de la Sociedad Aranzadi localizó la cueva de Torre durante una campaña de prospección en Guipúzcoa. En 1971, el prehistoriador Ignacio Barandiarán publicó el primer estudio detallado de sus grabados. Desde entonces la pieza se conserva en el Centro de Patrimonio Cultural de Gipuzkoa.
La pieza, que se conservó partida en dos fragmentos por una fractura antigua, mide 179 milímetros de largo, apenas 10 de ancho y su grosor no llega a los dos milímetros.
Un bestiario grabado con precisión asombrosa
El equipo de investigación ha identificado 23 motivos distintos, tallados en dos filas orientadas en direcciones opuestas. Entre ellos, hay seis figuras de animales: un ciervo, un caballo, un sarrio, dos cabras montesas y un uro. Aparece también una figura humana, con el rostro de perfil y rasgos marcados.
Cada animal está representado con notable detalle. El ciervo conserva parte de su cornamenta y muestra el pelaje con pequeñas marcas sobre la cabeza y el lomo. El sarrio, por su parte, exhibe los cambios de color del manto, desde el hocico hasta el cuello. Las cabras montesas, en cambio, se representan de frente, con la cabeza reducida a un triángulo alargado: se trata de una convención que, según los investigadores, se originó en la región cantábrica y es propia del Magdaleniense final.
Junto a las figuras también aparecen signos no figurativos, como zigzags, líneas en forma de escalera y series de muescas. Estas marcas siguen patrones que se repiten en otros yacimientos del norte de España, lo que sugiere un código compartido entre los distintos grupos humanos.
Por otro lado, el análisis técnico ha permitido determinar cómo se fabricó el tubo. Primero, se raspó la superficie para eliminar irregularidades. Después, se trazaron los contornos con surcos profundos, que se repasaron varias veces. Por último, se añadieron los detalles del pelaje con incisiones finas.
Entre las figuras talladas, se han identificado seis animales: un ciervo, un caballo, un sarrio, dos cabras montesas y un uro.
¿Para qué servía? El enigma que sigue abierto
¿Qué uso pudo tener un objeto de estas características? A lo largo del siglo XX se han propuesto explicaciones muy diversas para este tipo de tubos de hueso de ave: flautas, contenedores de ocre o de agujas, silbatos, amuletos e incluso objetos rituales.
En el caso del tubo de Torre, ninguna hipótesis se sostiene con seguridad. No presenta perforaciones, por lo que resulta improbable que se hubiese usado como instrumento musical. Tampoco muestra restos de ocre en su interior, a diferencia de otros ejemplares hallados en Altamira. Barandiarán llegó a sugerir que la fractura que partió el hueso en dos pudo ser intencional, con un sentido ritual, aunque él mismo reconoció que esa idea solo podía plantearse con muchas reservas.
Fuera de la Península, yacimientos como La Vache, en los Pirineos franceses, han proporcionado hasta 28 tubos decorados de forma parecida. El estilo de algunas figuras, sobre todo las de los caballos, se originó en los Pirineos y se extendió hacia el norte de Iberia durante el Magdaleniense medio. El tubo de Torre demuestra que esas redes de intercambio cultural entre cazadores-recolectores seguían activas en la fase final de ese periodo.
Se han propuesto explicaciones muy diversas para este tipo de tubos de hueso de ave: flautas, contenedores de ocre o de agujas, silbatos, amuletos e incluso objetos rituales.
El tubo vuelve a ver la luz: la exposición en Ekainberri
Sesenta años después de su descubrimiento, el tubo de Torre ha salido de los almacenes patrimoniales para presentarse al público. Desde el 22 de julio y hasta finales de diciembre de 2026, el museo Ekainberri, en Zestoa, acoge la muestra temporal “Tubo de Torre. Una pregunta de 12.000 años”, instalada en la sala dedicada al arte rupestre vasco. La exposición, además de mostrar la pieza, invita a los visitantes a implicarse en la investigación sobre su posible función. Los viernes por la tarde el acceso es gratuito y se ofrecen visitas guiadas en castellano y euskera.
Con información de Muy interesante.





